lunes, 22 de agosto de 2011

Cantar de los Silencios

En el fondo del abismo existe un entramado 
de finos  hilos negros que me atrapan cuando
escalo hacia tu mirada.

En la tarde oscura o en la fría noche 
el misterio de existir me acompaña en medio
del camino hacia la bulliciosa ciudad.

El cantar de los silencios es mi sendero ,
hacia el mar   que   mi mente inunda    
desde    el  caudal
de tus suspiros hacia el sur.

Mientras recorro el camino que hacia ti  conduce
me olvido de mí voz  para escuchar la tuya  
introduciendome  en el brillo de las estrellas .

Un silencioso suspiro brota de tus labios,
cuando  el mundo incinera nuestras vidas,
para sentir que existir es tambien 
caminar para morir  cada vez más.







jueves, 4 de agosto de 2011

ESTANISLAO ZULETA


(En los quince años de su muerte y los setenta de su nacimiento)
No pensaba sólo en que florecieran las artes sino en que floreciera la vida como obra de arte.

Por William Ospina


NO BASTA DECIR QUE ESTANISLAO ZULETA dedicó su vida a la lectura, a la reflexión y a una apasionada labor pedagógica. Había en él un hombre amplia y profundamente informado, pero no tenía "la frialdad de un erudito". Había en él un filósofo que no veneraba el pensamiento encerrado en sí mismo: palpitaba en el fondo de sus pensamientos una necesidad de acción y una invitación a la acción. Había en él un educador, pero al mismo tiempo alguien que desconfiaba de la educación tal como la hemos conocido.

Fue en primer lugar un gran lector. Pero nuestra cultura estuvo siempre llena de grandes lectores: José Eusebio Caro, su hijo Miguel Antonio, Guillermo Valencia, Vargas Vila, López de Mesa, Silvio Villegas, fueron grandes lectores. El escoliasta Nicolás Gómez Dávila fue un gran lector. Las bibliotecas de todos esos eruditos estaban llenas de la información y de la sabiduría de Occidente, y fueron sin duda más grandes y completas que la biblioteca de Estanislao Zuleta, pero yo dudo que ninguno de ellos haya leído mejor que él.

Estanislao rompió decididamente con la tendencia a la acumulación de un saber inerte, con la sumisión a unos prestigios. Aquí tuvimos muchos lectores de los clásicos que parecían usar para leerlos atril y reclinatorio eclesiásticos. Gente acostumbrada a estudiar para aceptar las verdades e incluso para venerarlas. Aquí los pensadores de Occidente siempre tuvieron admiradores pero muy pocas veces tuvieron interlocutores. Como decía Abel Naranjo Villegas de un amigo suyo, leían mucho y olvidaban mucho. Sabían citar a los autores pero no dialogar con ellos, porque les parecía que el lugar marginal que ocupábamos en el ámbito de la política y la geografía no nos autorizaba para opinar y menos aún para polemizar con las grandes figuras del pensamiento. Por eso aquí Tomás de Aquino y Marx fueron leídos con idéntica sumisión, con el mismo temor reverencial, y Zuleta es uno de los pocos que ha dialogado con los clásicos de la cultura y con el pensamiento de su época en condiciones de igualdad, sin temor, y al mismo tiempo, como diría Hölderlin, "sin despreciar ninguno de sus enigmas".

El segundo elemento que he mencionado es que Zuleta era un pensador que anhelaba la acción. No pensaba sólo por el placer de pensar sino que pensaba para algo. Su relación con el conocimiento formaba parte de la búsqueda de otra realidad. Hay un fragmento de Hölderlin que le gustaba repetir: "¿Sabes por qué lloras, a causa de qué languideces? ¿Sabes qué es aquello por lo cual has hecho duelo en el fondo de todos tus duelos? No es por algo que hayas perdido hace apenas algunos años. Nadie podría decir exactamente cuándo estuvo aquí ni cuándo se fue. Pero existió, existe todavía, está en ti. Tú marchas en busca de un mundo mejor y de un tiempo más bello".

ERA UN PENSADOR QUE ANHELABA LA ACCIÓN. NO PENSABA SÓLO POR EL PLACER DE PENSAR SINO QUE PENSABA PARA ALGO.

EN PENSADORES Y ARTISTAS, Estanislao buscaba aquello que pudiera ayudarlo y ayudarnos a marchar en busca de un mundo mejor y de un tiempo más bello. No bastaba el placer de pensar: el pensamiento tenía unos deberes con la realidad. Es necesario decir que Estanislao Zuleta no sólo era un pensador sino específicamente un pensador revolucionario. Y ese carácter revolucionario no se limita a una crítica del orden social, a una crítica del poder y de sus mecanismos de dominación, sino que vuela a leguas por encima de la política tal como la entendemos: pone en cuestión nuestra manera de pensar, nuestra manera de amar, nuestra relación con el trabajo, con la amistad, con la belleza, con el lenguaje.

Al comienzo de su obra El siglo de Luis XIV, Voltaire escribió: "Todos los tiempos han producido héroes y políticas: todos los pueblos han experimentado revoluciones: todas las historias son casi iguales para quien no quiere guardar más que hechos en su memoria. Pero todo aquel que piense, y, lo que es aún más raro, todo aquel que tenga sensibilidad, no tiene en cuenta más que cuatro siglos en la historia del mundo. Esas cuatro edades felices son aquellas en que las artes han sido perfeccionadas, y que, sirviendo de pauta a la grandeza del espíritu humano, son ejemplo para la posteridad". Importa menos la lista de los siglos que Voltaire tenga para mostrarnos que el criterio de su valoración. Después añade: "No hay que creer que esos siglos hayan estado exentos de desdichas y de crímenes. La perfección de las artes cultivadas por ciudadanos apacibles no impide a los príncipes ser ambiciosos, a los pueblos ser sediciosos, a los sacerdotes y monjes ser a veces revoltosos y pérfidos. Todos los siglos se parecen por la maldad de los hombres; sólo conozco estas edades que se hayan distinguido por sus talentos".

Zuleta creyó siempre en la capacidad transformadora del arte y del pensamiento. Sabía que los seres humanos no sólo necesitamos pan y justicia, igualdad y dignidad, como piensan a menudo los políticos revolucionarios; sabía que necesitamos pensamiento y belleza, alegría y armonía, libertad, originalidad, salud afectiva, intentar hacer de nuestra vida una obra de arte. Su idea de la revolución era mucho más amplia, incluso, que la de Voltaire. No pensaba sólo en que florecieran las artes sino en que floreciera la vida como obra de arte.

La humanidad no podía resignarse a trabajar en el tedio y en la fealdad, lejos de la naturaleza y de la vida. Necesitábamos ciudades más bellas y más humanas, una economía hecha pensando en las personas y no en la mera rentabilidad, una educación para la responsabilidad social y para la libertad, pero también para la solidaridad y para la felicidad humana. Necesitábamos una ciencia responsable, un lenguaje rico, un medio afectivo respetuoso y estimulante; hacer de cada individuo el heredero lúcido de las conquistas de la civilización y el creador audaz de nuevos mundos y de nuevos sueños.

Y ALLÍ SE INSCRIBE EL TERCER ELEMENTO que he mencionado, el papel de Zuleta como educador, su compleja y renovadora idea de la educación. Su pasión por el conocimiento, aliada con su idea del pensamiento como algo que debe invitar a la acción, lo llevó a la certeza de que la educación no puede ser un instrumento para adaptarnos a un mundo injusto y mezquino sino el escenario mismo del enriquecimiento de la vida y un ejercicio de la libertad.

Qué tipo de vida queremos vivir es algo que no nos pueden decir ni los industriales ni los políticos, porque los unos sólo quieren trabajadores y consumidores y los otros sólo quieren electores y contribuyentes. Es algo que no nos pueden decir los sacerdotes ni los comerciantes, porque los unos sólo quieren fieles y los otros sólo quieren clientes. ¿Qué voces escuchar para decidir qué vida queremos? Estanislao sentía que nada es más desinteresado que la filosofía y que el arte. Una ciencia reveladora, no una ciencia manipuladora; una técnica que nos haga libres, no una que nos mecanice, nos encierre y nos vigile sin fin; un pensamiento que nos haga inconformes e imaginativos, no uno que nos haga dóciles y estériles; una relación con el arte que no sólo nos haga capaces de disfrutar y de interrogar las obras de arte sino que haga de todos nosotros creadores de belleza y de sentido.

ZULETA DIJO ALGUNA VEZ QUE NO TODAS las revoluciones son insurrecciones armadas contra unos poderes opresivos o sanguinarios. Que incluso muchas veces esas insurrecciones solían dejar intacto el orden social y mental contra el que se habían alzado. A veces las revoluciones son tan industrialistas, tan militaristas, tan enemigas de la naturaleza, tan hipócritas en su relación con el cuerpo, tan limitadas en sus ambiciones humanas, tan pobres en su relación con la belleza y con el conocimiento como los poderes contra los cuales luchan. Había otra clase de revoluciones. El Renacimiento europeo, por ejemplo, aunque nadie suele llamarlo así, fue una enorme revolución. La gente cambió su manera de mirar, su relación con el espacio, con el paisaje, con el mundo, con Dios; apareció otra manera de pintar y de escribir, una nueva curiosidad ante la naturaleza, una nueva lectura de la antigüedad pagana, nuevos sueños y nuevos desafíos para la imaginación, una nueva idea del hombre y del pensamiento. Y el mundo cambió.

Así de vasto es el cambio que Estanislao anhela y propone, en un ejercicio continuo de asombrosa coherencia y de asombrosa persistencia. En esto le era fiel a los sueños de uno de sus maestros, Friedrich Hölderlin, quien, mientras en la vecina Francia se cumplía una parcial revolución política, escribió en su Hiperión: "¡Que cambie todo en todas partes! ¡Que un nuevo mundo brote de las raíces de lo humano! ¡Que una nueva divinidad reine sobre los hombres! ¡Que un nuevo porvenir se abra para ellos!

En los talleres, en las casas, en las asambleas, en los templos, que se realice la metamorfosis. ¡Que cambie todo en todas partes!".

ESTANISLAO SENTÍA QUE NADA ERA MÁS DESINTERESADO QUE LA FILOSOFÍA Y EL ARTE.



Por : William Ospina
Sábado 12 febrero 2005

Después de mis días de júbilo por haber pertenecido al mundo de los vivos por un año más y meditar mi paso efímero por este planeta,...